Metrópolis a la deriva

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Publicado por Tal Cual
La encuesta Encovi 2015 ofrece importantes datos acerca de la vulnerabilidad de nuestras áreas metropolitanas: mientras la mitad de las viviendas existentes en el país registra alta vulnerabilidad ante amenazas naturales, prevalece la falta total de preparación de la población para enfrentarlas

Hace dos semanas esta columna abordó el tema de los riesgos que en la actualidad amenazan a las metrópolis. Se partía de dos supuestos: que el crecimiento metropolitano es una tendencia irreversible de las sociedades contemporáneas y que hoy por hoy, también en América Latina, ellas constituyen el principal motor de la economía y de la modernización de las naciones. Sin embargo, esto no significa que no estén expuestas a riesgos que frecuentemente las autoridades tienden a menospreciar y soslayar, elevando exponencialmente el costo económico y humano de un eventual fenómeno catastrófico.

Hoy se quiere abordar el tema desde la perspectiva venezolana porque se constata que nuestras autoridades, especialmente las nacionales, mantienen en la materia un comportamiento en extremo irresponsable que ha terminado dejando a la deriva a nuestro sistema de ciudades.

Finalizando el año pasado los principales especialistas en el tema del calentamiento global, uno de los que más preocupan hoy a los urbanistas, denunciaban que el gobierno nacional había hecho muy poco para cumplir con los compromisos asumidos en el acuerdo de París de 2015. Pero esto no es casual sino que está inscrito en el código genético de un régimen atado a dogmas petrificados y acostumbrado a evadir sus responsabilidades culpabilizando a terceros.

La línea la trazó Hugo Chávez cuando, en la Conferencia de Copenhague de 2009, desenfundó una de sus ocurrencias retóricas al afirmar que era el sistema, no el clima lo que había que cambiar. Consecuente con ello, la canciller Rodríguez, en la reunión celebrada en abril de 2016 en la sede de la ONU en Nueva York para ratificar los acuerdos de París, hizo la gran revelación al informar urbi et orbi que la culpa era del sistema capitalista. En una conferencia dictada en la sede de Hidroven en agosto de 2015 un señor Borges, identificado como Comisionado para el Cambio Climático, ya había afirmado que se trata de “un problema causado por un grupo pequeño de países que en su desarrollo excesivo perjudican su medio ambiente generando el deterioro de la vida en el planeta”, atreviéndose a presentar como uno de los más importantes aportes nacionales en la materia ese atentado a la sostenibilidad urbana que son los desarrollos de la Misión Vivienda. Ninguno de ellos mencionó que, a lo largo de lo que va del siglo XXI, la generación de CO2 de nuestro país se ha movido entre las 6 y 7 toneladas anuales por habitante, lo que le confiere el dudoso honor de encabezar la producción de gases de efecto invernadero en la región.

Con esa visión del gobierno nacional y con las alcaldías de las principales ciudades ahogadas financieramente y reducidas en sus competencias el riesgo de las metrópolis venezolanas, que están en acelerada expansión, tiende a incrementarse exponencialmente. Ya en el año 2000, ante el catastrófico deslave de Vargas y su aterradora cifra de muertes y pérdidas materiales, el gobierno tiró a la basura las propuestas de renovación urbana presentadas por las principales universidades nacionales, rechazó iniciativas de ayuda internacional y dejó a medio terminar las obras de prevención que en el futuro evitarían o mitigarían los efectos de una repetición del evento.

La encuesta Encovi 2015 ofrece importantes datos acerca de la vulnerabilidad de nuestras áreas metropolitanas: mientras la mitad de las viviendas existentes en el país registra alta vulnerabilidad ante amenazas naturales, prevalece la falta total de preparación de la población para enfrentarlas. Lo que en otras naciones se perfila como una de las coyunturas más prometedoras para emprender el camino del desarrollo sostenido, en Venezuela, consecuencia de la letal mezcla de ignorancia, bloqueo ideológico y corrupción de la oligarquía en el poder, amenaza con convertirse en una pesada lápida sobre las aspiraciones de progreso social.

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