Siglo XXI

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Publicado por Tal Cual
Hoy, frente al desamparo y el brutal empobrecimiento de la sociedad, aquellos parecieran haber sido sustituidos por un elemental “sálvese quien pueda”

Es bien conocida la afirmación de Mariano Picón Salas según la cual fue necesario esperar hasta la muerte de Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935 para que Venezuela ingresara en el siglo XX. Ahora, transcurridas casi dos décadas del inicio cronológico del XXI, nuestro país no sólo no ha ingresado a la última centuria sino que incluso ha retrocedido notablemente respecto a los logros alcanzados en la precedente.

No se trata aquí de hacer un recuento de la dictadura gomecista, suficientemente estudiada por nuestros historiadores más solventes; además, por decisión propia, esta columna no pretende ir más allá del restringido campo de competencias de su autor como es el relacionado con la ciudad y la arquitectura. Y en esos aspectos, si bien es cierto que nuestras ciudades e incluso la propia capital no conocieron grandes transformaciones durante las casi tres décadas de incontrastado dominio del “Bagre”, registraron sin embargo mejorías, modestas sin duda, pero mejorías al fin y al cabo. Y nunca retrocesos.

Ahora en cambio quienes dicen encarnar un enigmático Socialismo del siglo XXI han hecho retroceder a nuestras ciudades a épocas imposibles de precisar cronológicamente: sobreviven gracias a que se apoyan en infraestructuras desarrolladas décadas atrás pero que responden inadecuada e insuficientemente a las exigencias actuales. Sin embargo, los problemas más serios tienen que ver con aspectos no perceptibles a simple vista como los institucionales y de cultura ciudadana.

Las ciudades venezolanas han crecido cuantitativamente y se han hecho más complejas, tendiendo a formar aglomeraciones metropolitanas; sin embargo, sus órganos de gobierno no se han adaptado a esos cambios y sus competencias y disponibilidad de recursos financieros se mantienen a distancias siderales de lo requerido, por lo que en la mayoría de los casos terminan siendo figuras meramente decorativas. Algunas, en gestos casi heroicos, se han preocupado por formular planes de desarrollo, pero ellos terminan siendo superfluos frente a una dinámica de la realidad imposible de embridar con los pobres recursos de que disponen.

Por otra parte, del lado de la ciudadanía, lo que parece tender a imponerse es una anomia creciente. Hace pocos años, en grupos focales que trataban de dibujar una visión compartida de ciudad, sorprendía ver cómo, por encima de la adversidad que cotidianamente golpeaba su vida, los caraqueños otorgaban la más alta prioridad a valores como la solidaridad y el respeto. Hoy, frente al desamparo y el brutal empobrecimiento de la sociedad, aquellos parecieran haber sido sustituidos por un elemental “sálvese quien pueda”

En ese contexto no sorprende que hoy haya quien desestime celebrar los cuatro siglos y medio que en este 2017 cumple Caracas y prefieran apuntar hacia el medio milenio que cumplirá dentro de cincuenta años, tal vez pensando que, entonces sí, habremos puesto un pie firme en ese siglo XXI que a los venezolanos nos está resultando tan mítico como elusivo. Quizá tengan razón, pero no está de más recordarles que el progreso se construye todos los días y que la manera más segura de alcanzar aquella meta no es esperar hasta el 2067. Nuestras ciudades están tan hundidas en el atraso que el camino hay que emprenderlo ya, al principio tal vez con acciones más bien modestas pero que muestren que se apunta hacia una ciudad segura, justa, integrada y sostenible. Una ciudad con futuro, de todos y para todos.

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