Nueva York, Barcelona, Caracas…

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Hay sin duda diferencias en los medios utilizados por el terrorismo takfir y el despotismo venezolano -el llamado socialismo del siglo XXI- pero sus objetivos son idénticos

Es inevitable concluir que acciones terroristas como la reciente de Barcelona son, en su esencia más profunda, actos contra la civilización: no es una casualidad que, al menos desde el de las Torres Gemelas en Nueva York, ellos y el largo etcétera que cabe entre ambos, hayan sido ejecutados, todos, por miembros de la llamada doctrina Takfir, una rama particularmente violenta del retrógrado yihadismo salafí y que, como táctica para infiltrarse en las sociedades que se propone atacar, se apoya en el disimulo y el ocultamiento: “enemigo sinuoso e innoble, que no da la cara”, como lo caracterizara Vargas Llosa.

Se trata de grupos minoritarios, que practican un terrorismo indiscriminado y en extremo cruel que muchas veces reviste un carácter que podría definirse como doméstico o artesanal, pero que aun así amenazan con provocar una reacción negativa en las sociedades democráticas, estimulando la xenofobia, la intolerancia y el miedo a las diferencias y a la diversidad, minando los fundamentos mismos de la civilización y la modernidad. Por eso fue tan oportuno el acto interreligioso convocado por el Ayuntamiento de Barcelona una semana después de los hechos confirmándola como “ciudad abierta, diversa y acogedora de la que estamos orgullosos” y ratificando la necesidad de defender más que nunca “el modelo de diversidad, que es nuestra fortaleza”,

Pero a estas alturas el lector se preguntará qué tienen que ver esos repetidos actos terroristas en tantas ciudades con lo que ocurre en nuestro patio, donde desde hace más de medio siglo, cuando se atentó contra la vida del presidente Betancourt, no se conoce un solo acto de terrorismo ni siquiera individualizado, pese a los aspavientos de Chávez y de Maduro.

El hilo conductor que conecta al acontecer caraqueño con aquellos hechos es el intento deliberado y sistemático del régimen de abatir los pilares de la civilización minando las bases sobre las que se asienta la condición ciudadana: la democracia y el equilibrio de poderes, la libertad individual, la legalidad, la igualdad de derechos para todos, la tolerancia, el reconocimiento de la diversidad como virtud y el respeto de las minorías.

Durante los últimos dos tercios del siglo pasado la sociedad venezolana emprendió, no sin altibajos, un esfuerzo sostenido de construcción y consolidación de esas bases que terminó interrumpiéndose a partir de 1999. El ya prolongado intento del chavismo de dinamitar el principio del estado federal descentralizado y democrático proclamado por la Constitución vigente y sustituirlo por el del estado comunal, iniciado con la rechazada reforma constitucional de 2007 y retomado con la fraudulenta asamblea constituyente comunal, ha sido la más clara manifestación de ese proyecto de ruptura en el plano legal. El repudio ciudadano a esos desmanes ha sido burlado en la práctica con acciones puntuales de discutible legalidad enmascaradas por los giros de la “neolegua”, típico instrumento de carácter sinuoso y taimado con el cual, durante años, han procurado ocultar las verdaderas intenciones. Como se recordará, sobre el portón de ingreso al campo de exterminio de Auschwitz se leía la frase “El trabajo libera”.

Hay sin duda diferencias en los medios utilizados por el terrorismo takfir y el despotismo venezolano -el llamado socialismo del siglo XXI- pero sus objetivos son idénticos. Por eso la defensa de las ciudades en ese terreno las trasciende y deviene en defensa de la civilización, una tarea irrenunciable e impostergable.

 

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